miércoles, 2 de enero de 2013

La Orquesta del Titanic


Hasta el final seguirán tocando perfectamente afinados. La reciente colisión contra un iceberg inesperado ha abierto un gran hoyo en el casco de la nave justo por debajo de la línea de flotación y ésta amenaza con escorar. Como buen témpano de hielo, lo que muestra fuera de la superficie en una insignificancia comparado con la gravedad de lo que se oculta bajo el agua aparentemente calma.

Aunque cada quien con su instrumento, todos interpretan insistentemente la misma tonada. Construida insumergible, la nao zarpó del puerto con un gran triunfo, entre aplausos, ilusionada. Años pensándola, planificándola, construyéndola terminaron por hacernos pensar a todos que este barco -ahora sí-, resultaba insumergible.

La sección de cuerdas al frente suaviza la melodía con algunas cadencias monódicas y con escuetos pizzicatos, mientras la división de los metales detrás, con aire marcial, se escucha un poco más contundente, para algunos hasta amenazante. La alegría de los que soñaron y esperaron por años para cristalizar su construcción se sumó a la de los afortunados que no se sabe cómo aunque si por qué, compraron boletos y abordaron.

La orquesta del Titanic no ceja en su afán por tranquilizar a los pasajeros, tocando sin cesar imperturbables, como si el desastre no fuera con ellos, no toman previsiones, no actúan para salvar la embarcación, solamente se limitan a seguir el compás de una partitura que sin la presencia del director no suena igual, no se escucha nada agradable. Después del duro golpe recibido por estribor se avizora lo que pudiera llegar a ser uno de los peores desastres políticos en la historia de la navegación en tiempos de paz y sin embargo no se escuchan planes para evitar una verdadera catástrofe.

La orquesta no es una filarmónica no, tal vez no llegue ni a banda del estado, pero no es justo tampoco que su melodía suene a retreta. Del codaste a la roda el barco se estremece, hace aguas y aún no se escucha el esperado “mujeres y niños primero”, en cambio a la sordina retumba en el ambiente un desesperado sálvese quien pueda que va a dejar a mucha gente minusválida.

Muchos de los integrantes de esta agrupación son músicos de oído, muy pocos tienen formación de conservatorio, una ínfima proporción de los ejecutantes ha estudiado concienzudamente y pudieran eventualmente tomar la dirección de los compases, no tienen oficio, este es su primer viaje. Como novicios viajeros no saben de trámites, de hojas de ruta o de bitácoras. No conocen las estrellas, son incapaces con la brújula o el sextante. Éste acorazado con el impulso que recibe de babor todavía avanza. El océano es tan extenso, la necesidad es tan grande, el temor a naufragar es tan inmenso que ya algunos -desde hace tiempo, desde el comienzo- duermen dentro de los botes salvavidas por si acaso. Otros han saltado ya la barandilla de cubierta y flotan a la deriva, entre corrientes contradictorias esperando su deceso olvidados en el fondo de las aguas turbulentas de la historia.

La mayoría de los músicos ni se despeinan, permanecen sentados a un lado del salón de baile, se miran de reojo porque ya se han dado muchos reportes que alarman, el mismísimo capitán del barco ha informado de la severidad del daño y sin embargo estoicos los integrantes de la banda tocan… tararean muy quedos una tranquilizadora tonada. No se mueven, no reaccionan, no entienden que en el puerto la gente que ha apoyado a los constructores de este trasatlántico se mantienen con el alma en vilo mirando hacia el horizonte esperanzados. Polizones ocultos en la bodega aprovechan la confusión para salir a expoliar lo que tienen a su alcance, ellos tampoco parecieran estar conscientes de que ante un posible naufragio sus nombres estarían en la lista de los decesos.

El navío fue construido con acero de la mejor calidad por eso ha resistido hasta ahora el maltrato interno y los ataques externos, pero no lo mantendrán a flote los ruegos piadosos de los feligreses por más fervorosos que estos sean. Hace falta ante la eventualidad decidirse a actuar, ordenar la reparación del casco, autorizar el achique de la inundación de cada uno de los compartimientos estancos afectados, resolverse y proceder, detener a los delincuentes que aprovechan para saquear los bienes de la nave, para sustraer las pertenencias de los pasajeros, para acabar con las esperanzas de un pueblo que en el puerto aguarda expectante. Y mientras tanto como en la canción de Sabina y Serrat: “La orquesta del Titanic no deja de tocar el fox de los ahogados sin consuelo”.

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