sábado, 18 de julio de 2009

Los Asientos Azules

Es un vacilón andar en el Metro. Mientras a los caraqueños les parece un suplicio, un viaje hacia el infierno cualquier acercamiento a las fauces del subterráneo, a los que venimos del interior y/o para quienes el caos vehicular de la superficie resulta insoportable, el recorrido por las profundidades de la tierra parece cuando menos exótico. Eso sí, daría lo que fuera por ver que se realice un Aló Presidente desde un vagón del Metro seleccionado al azar.
Es una especie de lotería diaria eso de cabalgar por las entrañas de la tierra desde el vientre de la serpiente metálica. Nadie sabe cuánto demorará en llegar el tren, todos ignoran si habrá el más mínimo espacio para entrar, se desconoce si estará funcionando o no el aire acondicionado, etc. Sin embargo, es un viaje rápido, seguro y si se viaja en sentido contrario a la migración humana diaria, puede ser… confortable!. En lo particular, me resulta un recorrido interesante.
Cientos de historias se podrían escribir sólo con las cosas que se escuchan -sin querer queriendo- de boca de nuestros forzados compañeros de viaje. Desde triviales acontecimientos domésticos hasta las más desgarradoras desgracias personales. Desde dramáticos recuentos del último asalto que han sufrido hasta el más irracional comentario acerca de la suerte que desean para Chávez.
Es un viaje que deberían realizar (de incógnita, pos supuesto) los miembros de cualquier comisión internacional de esas que tan a menudo nos visitan, preocupados por la suerte de nuestros derechos fundamentales.
Libertad de expresión igualdad y democracia parecen ser moneda común y de curso legal en este suburbio underground.
Para llegar al Metro tenemos que recorrer ciertos tramos a ras de tierra y para efectuar esos trayectos nada mejor que el Metrobus.
Al sector en donde circunstancialmente habito, llega con puntualidad inglesa el famoso aparato verde con el arcoíris desleído a los costados y dentro de él cómodamente día tras día se desplazan cientos de personas que, a falta de más información, intuimos llegan tan temprano a esa zona a cumplir seguramente labores domésticas en casa de sus acaudalados empleadores, pues estamos hablando de San Luis, El Cafetal y Santa Paula.
En dirección contraria salen de esas urbanizaciones ciudadanos que, a falta de vehículo propio o por el interés ecológico de no sumar más smog al cielo ya contaminado, prescinden de sus autos y se encaraman al Metrobus afianzando los principios y las bondades de las propiedades colectivas o sociales.
Guachimanes, enfermeras particulares, entrenadores personales, chamos que se dirigen a sus liceos o universidades, integrantes de la clase media que invirtieron sus ahorros y sus vidas en pagar “una vivienda bien ubicada”, forman también el grueso de esta manada que migra todas las madrugadas y todos los atardeceres.
El Metrobus posee sus encantos: ventanas panorámicas, pasillos anchos y limpios, unos hasta aire acondicionado tienen y los que no, sus ventanas abren; cuentan con amplios asientos, algunos de ellos fácilmente reconocibles puesto que a diferencia del resto, fueron construidos con un plástico azul que los identifica como preferenciales, destinados a mujeres embarazadas, discapacitados y ancianos.
Este último subgrupo de personas de manera sistemática rehúye los mencionados asientos, pienso que por no sentirse aludidos con eso de que son asientos “para ancianos”. Suelen las cabecitas blancas preferir lugares de acceso incomodo, dando muestras de destrezas que ya se encuentra en el ocaso de sus posibilidades. Y las butacas azules permanecen vacías por largos periodos mientras el bus se va llenando.
Es frecuente ver que, esas mismas personas con sus facciones ajadas, vestidos para la ocasión, perfumaditas y entalcadas, al descender al subterráneo reclaman la falta de cultura de los que se encuentran dentro de los vagones y que no se paran de inmediato para cederles el puesto si les toca ir parados.
De ese grupo de ciudadanos adultos mayores, generalmente se escuchan las oraciones más enconadas en contra del gobierno, que siempre rematan anhelando los gobiernos adecos y copeyanos en donde ellos si fueron felices por eso de que “robaban pero dejaban robar”.
Su moral es muy flexible, parece ser que es uno de los últimos reductos que la arterioesclerosis no les ha tocado.
Esa flexibilidad de principios les permite al igual que con los asientos, emplear la norma a conveniencia y cuando a ellos les dé la gana.
Entonces en esta época de turbulencias Hondureñas, a estas personas les parecen buenos los Golpes de Estado. No encuentran reparos en la sedición ni en la injerencia de la política Norteamericana que desde siempre le ha tenido clavado el colmillo al istmo Centroamericano.
Pero a su vez, critican que el Gobierno de Venezuela lleve adelante una cruzada diplomática para tratar de restituir la legalidad y encauzar nuevamente por la senda democrática al pueblo de Tegucigalpa.
Se ríen del peregrinar de Selaya tocando las puertas de cuanto Organización Multilateral tenga sede en este mundo, pero piensan que las payasadas de Ledezma simulando pasar hambre frente a las oficinas de la OEA, están plenamente justificadas.
Piensan que el socialismo europeo es bueno pero que el venezolano es malo. Desdicen de la calidad de los productos que el Gobierno gestiona con China comunista pero sus hogares están plagados de electrodomésticos que, al darles la vuelta, muestran en el envés el consabido cartelito “Made in China”.
Reniegan de la red Barrio Adentro pero anhelan la Seguridad Social española, por demás muy socialista ella.
Hoy, cuando retornaba a casa, se escuchaba a full volumen por los altoparlantes del Metrobus el programa de Nelson Bocaranda, hablaban -él y el conductor del programa “El Radar de los Barrios”- del “cierre que este Régimen Despótico había ordenado para acallar las voces equilibradas de las emisoras de radio” no afectas al Gobierno.
El racismo patente en las frases de ambos periodistas, incluían comentarios acerca del color del “amo” (Chávez) y del “muchacho de mandado” (Diosdado Cabello) escogido para ejecutar las órdenes antidemocráticas de cierre de emisoras que se encuentran desde hace rato al margen de la ley. Pusieron en duda la integridad corporal del presidente, al comentar que le hacían falta parte de sus genitales externos para asumir el mismo esa jugada.
Pero lo más insólito fue escuchar a estos dos personeros, asalariados de lujo de la Derecha Reaccionaria -además de autoalabarse-, quejándose del Régimen por coartarles su libertad de expresión, mientras insultaban y difamaban al Presidente. Nada más.
Frases de doble sentido como las de “el mico mandante”, acusaciones sin soporte como las del enriquecimiento ilícito -que no dudo los haya, pero hay que probarlo- de grandes dirigentes de éste proceso revolucionario, se dejaron escuchar a lo largo del trayecto dentro de un vehículo propiedad del Estado, sin que hubiese la más remota posibilidad de pedir por clemencia, que cambiaran de emisora, que pusieran musiquita, ¡que sonara un reguetón! y sin embargo unos cuantos de los viandantes repetían como loritos que en este país ya no había libertad de expresión.
Venía yo pues, en silencio, concentrado, escuchando todas esas barbaridades y dándole forma mental a este escrito, cuando de pronto unos gritos en la parte de adelante llamaron mi atención.
Era un señor no tan mayor, digamos un pavosaurio que, reclamaba aireadamente al chofer de la unidad su derecho a viajar gratuitamente como un miembro del creciente grupo de la Tercera Edad, pero que sin embargo, el mismo señor refunfuñón, al pasar por un lado de los asientos azules, los miró con desdén y se encaramó presuroso en uno de los puestos que quedan justo sobre las ruedas del autobús, los más difíciles de alcanzar.
¿Contradictorio no?

miércoles, 8 de julio de 2009

Mirarse al Ombligo

“No es la primera vez que un Gobierno autoritario ignora la voluntad de los electores…”
“No es la primera vez que un Gobierno autoritario sale a reprimir a la oposición y la acusa de ser manipulada desde el extranjero.”
“No es la primera vez que un Gobierno autoritario ignora los cambios sociales que han ocurrido…”
“No es la primera vez que un Gobierno autoritario disfraza con la retórica de la unidad sus propias divisiones internas.”
Son trozos extraídos de un artículo de Carlos Fuentes titulado “Ayatolá, lindísimo Ayatolá”, aparecido hoy -08 de julio- en la versión digital del madrileño diario El País (
http://www.elpais.com/articulo/opinion/Ayatola/lindisimo/ayatola/elpepuopi/20090708elpepiopi_4/Tes).
Este octogenario escritor de origen panameño pero de nacionalidad mexicana, otrora militante de las ideas de vanguardia, ahora, ablandado por los años, ha amoldado su conciencia al mullido estilo de vida de las personas que, han luchado toda la vida por permanecer muy cercanas al poder. Ahora, como un Pokemon, ha evolucionado trasmutándose en una especie de oráculo, defensor a ultranza del empresariado, de las andanzas del capital, de las tropelías el libre mercado.
Se faja Fuentes -percibo que precipitado-, a analizar las consecuencias desatadas por los eventos franceses de mayo del ’68. Para él, el mayo parisino puso al descubierto las apetencias de una clase media hasta ese momento sometida a férreas ataduras partidistas, y que ahora absuelta de la condena ideológica, dedica sus mejores esfuerzos al consumo desaforado y a dar rienda suelta al individualismo, la libertad, al nomedalaganismo y a la mezquindad pequeño-burguesa.
Apunta Fuentes las contradicciones entre la tradición autoritaria y el impulso democrático que se observan entre los vestigios de la ex Unión Soviética. Rememora los esfuerzos que realizó el rancio y autoritario PRI mexicano a través de casi toda la primera mitad del siglo pasado, por perpetuar su supremacía más allá de los tiempos. La ceguera del poder ante las transformaciones engendradas en su propio seno, desembocaron en la masacre de Tlatelolco en 1968, en donde la juventud fue inmolada por el propio absolutismo democrático.
Todo esto lo recuerda el mexicano para desembocar en una critica al gobierno iraní o mejor dicho, a la victoria alcanzada con el 63% de la votación a su favor por Mahmud Ahmadinejad.
Piensa en los eventos de protesta callejera iraní como la respuesta gubernamental “…contra una oposición surgida, al cabo, del propio poder...”.
“A primera vista, ésta sería una guerra de facciones internas al propio régimen, como sucedió, digamos, en México entre Carranza y Obregón o entre Obregón y De la Huerta, o en Argentina entre facciones peronistas”, continúa diciendo Fuentes para interrogarse luego candoroso: “¿Puede esta complejidad social y sus evidentes ambiciones, puede, sin más, un número tan abrumador de ciudadanos, ser manipulado desde el extranjero, por Gran Bretaña o por Estados Unidos?”; a esa ingenuidad casi infantil, contesta el mismo escritor con inocencia “… el movimiento de la sociedad iraní es tan vasto que no lo puede dirigir ninguna potencia exterior.”
Extraña muestra de puerilidad esa viniendo de un “intelectual” de la “estatura” de Fuentes, por demás siempre muy bien dateado. Para él la injerencia norteamericana no existe, el coloniaje de las superpotencias no es -aún en este naciente siglo- una realidad.
Lo que persigue el gobierno iraní cuando trata de reestablecer el orden desestabilizado por grupos insurgentes de esa clase media que desestima la condición de seres humanos que tienen todos los demás, es el sometimiento: “La fuerza pública, los grupos represivos del régimen, el gas, las bazukas, los jóvenes muertos, han disipado el movimiento.”
“No es la primera vez…” es verdad, que el casi 70% de la población de una nación se pronuncia a favor de un candidato y luego su voluntad quiere ser torcida por minúsculos grupos de radicales disociados que pretenden adulterar la realidad colocándola de su lado. Es una receta calcada y aplicada en muchos puntos del orbe en donde las personas pretenden darse gobiernos progresistas, preocupados por el bienestar de sus conciudadanos y no por perpetuar la hegemonía extranjera dentro de su suelo y estos sueños son dinamitados.
Pero el reputado Carlos Fuentes no mira para los lados. No observa ni toma en cuenta los eventos que ocurren en su vecindario. La intervención descarada de los servicios de inteligencia del gobierno norteamericano, pasan desapercibidos a su inquisitiva mirada de águila imperial. Su vuelo deja fuera del alcance de sus desvelos los casos, como el de Venezuela, Bolivia, Ecuador, Cuba o Nicaragua que, aportan datos interesantes.
Para Fuentes, lo que ocurre en Honduras es tan sólo un holograma.
Indignos de que gaste preciosos minutos de su tiempo y, aunque en ellos se observe la mano peluda del Imperio, Fuentes desestima estos sucesos en donde “La fuerza pública, los grupos represivos del régimen, el gas, las bazukas, los jóvenes muertos…” han querido disipar cualquier movimiento que se pronuncie a favor de restituir el orden constitucional de la nación centroamericana.
Al igual que en Irán en donde los hechos apuntan al temor de los Estados Unidos por el desarrollo de una tecnología islámica de avanzada, los sucesos de Bolivia, Ecuador, Venezuela y ahora de Honduras, muestran el desempeño tramposo de una superpotencia que se ve a sí misma como el Gendarme Universal.
Sus intereses, los norteamericanos “of course”, son la prioridad por delante de vocablos tantas veces pronunciados como: Libertad y Democracia.
Aunque Barack Obama haya condenado la represión iraní y con respecto a los acontecimientos de Honduras haya dicho categóricamente "Sólo hay un presidente de EE UU y soy yo", el verdadero Poder, el de los grandes Holdings Económicos, consorcios que mueven los tentáculos de los aparatos de Inteligencia para proyectar su influencia sobre los países subdesarrollados, son los que apuntalan o destruyen el andamio institucional que sostiene a un Estado.
Jugando así y con defensores de peso como Carlos Fuentes las Colonias seguirán debiéndole su existencia “Democrática” al Imperio Mesmo!
Si el presidente de Irán fuese incondicional del gobierno norteamericano no importaría la lapidación de las mujeres que todavía ocurre en los países islámicos. Si el presidente Venezolano fuese complaciente con la Oligarquía y con el Imperialismo Yankee, no importarían tanto su verruga, el color de su piel o su bemba colorá. Si Evo no se opusiera a la intromisión armada de los gringos en territorio Boliviano, se verían menos aborígenes su nariz y su cabello. En fin si Selaya dejara de ser suspicaz y de andar metiendo sus narices en los asuntos Estadounidenses en suelo Hondureño, se vería menos charro, no importarían para nada su bigote, su sombrero ni su hablar campechano.
De la noche a la mañana trasmutarían cada uno de ellos de execrables sapos, gorilas, micos latinoamericanos a esplendidos candidatos a ser el novio de la Barbie, sin que para nadie más resultaran incomodas o enojosas sus políticas de bienestar social ni sus posturas de corte revolucionario. Punto final.